La movilización colectiva siempre conmueve, asusta, fascina, genera adeptos (independientemente de la causa movilizadora), excita, abre una brecha en el devenir cotidiano y solitario de nuestras vidas.Digo solitario independientemente de si vivimos solos, en pareja, en una comuna o de si trabajamos en un supermercado o en una cabina de rayos X, de si practicamos yoga en nuestros descansos o bailamos merengue todos los jueves.
Sentimos solos.
Algunos y a veces son capaces de compartir, pero compartir no es co-sentir, y aún en el mejor coito, un orgasmo es personal e intransferible (que nadie se quede aquí jugando con la broma fácil, por favor, que voy en serio ;-)
Pero de vez en cuando sentimos colectivamente y creo (es una hipótesis sin ningún rigor científico) que lo que nos mueve, más que los intereses comunes, más que la causa cohesionadora, más que una calculada estrategia de masa crítica, és o también o sobretodo, sintonizar una frecuencia común, experimentar algo que nos trasciende, emborracharnos al ritmo de los tambores, sentirnos fuertes, casi felices, co-sentir con los otros durante un periodo de tiempo, hasta que la orgía termine y cada uno vuelva al devenir cotidiano y solitario de sus vidas.
Creo (y me preocupa creerlo) que lo dicho hasta ahora aplica por igual al soporte a un manifiesto contra una ley, que a la elección de Chikilicuatre para el festival de eurovisión, a la aflicción por la muerte de Michael Jackson que al horror de las protestas en Irán durante las últimas “elecciones” (estas dos últimas se alternaban el Top Trend Topic hace unos meses)
Pero no importa. Me consuela pensar que lo realmente interesante es la capacidad transformadora de una masa organizada. "Al menos, protestamos!"
Hace falta encontrar buenas causas, claro, pero de esas sobran y hace falta criterio para defenderlas, pero sobretodo hace falta despertar de un a veces preocupante estado de anestesia colectiva en el que parecemos sumidos y redimidos a golpe de click en los infinitos grupos digitales creados en cualquier red social que se precie.
Relacionarnos en Internet está dando respuesta a necesidades propias de una sociedad fragmentada, que ha perdido los vínculos comunitarios tradicionales, que está redefiniendo los parámetros del compromiso. Una sociedad competitiva, programada para minimizar costes de transacción (también afectivos), para minimizar riesgos (también afectivos), para consumir y entretenerse , individualista, cada vez más bombardeada de información pero seguramente peor informada, hiperconectada pero no menos sola, desorientada, heredera de las revoluciones masivas del S.XX pero escéptica (aunque sólo sea por la facilidad de perder el foco sobre el que nuestros actos pueden tener algún impacto real) sobre nuestro protagonismo en los acontecimientos que transformarán este mundo en algo más tolerable.
Y el mundo (como la verdad ;-) está ahí fuera.



