lunes, 17 de agosto de 2009

The Party Island

Llevo tres días en Ios, bueno, operativos dos, porque el primero lo dormí casi entero debido a un agotador viaje de 24 horas desde la salida de Barcelona, hasta llegar a esta Isla, via Atenas y Santorini. No es un problema de distancias tanto como de organización y cumplimiento de horarios, pero nada fuera de lo tristemente común cuando uno se mueve por el mundo y no tiene un jet privado.

La isla está tomada por jóvenes europeos y norteamericanos, que vienen a ella con el único propósito de vivir una juerga continua. Esto es la PartyIsland dicen, y supongo que con el tiempo, por una cuestión de selección cultural, todo en la isla está organizado alrededor de esta actividad.
Para una turista con alma de viajera, perfectamente indocumentada, con ganas de calma, historia, naturaleza y tradición, este no es el mejor lugar del mundo para dejarse caer, pero era consciente del riesgo de lanzarme a un viaje sin más preparativo ni previsión que cuatro clics en la web de Lastminute.
A pesar de todo, el ambiente irreal que se vive aquí, mezclado con la belleza de la isla, me hacen pensar que se presentan por delante días curiosos.

Yo voy con el horario cambiado: cuando yo me voy a dormir, para el resto del mundo empieza lo bueno. Las mañanas son tranquilas, puedo escoger hamaca en la piscina del hotel, y a medida que avanza el día, van apareciendo cuerpos esculpidos y bronceados que terminan su último sueño bajo el sol.
Yo los observo con mirada antropológica. Nos saludamos con cortesía pero nos sabemos de distinta tribu.

Antes de que reaccionen, yo he abandonado la piscina para irme a la playa. Es mejor ir por la tarde para que la montaña que hay que subir de vuelta, no esté encendida por el sol.
Descubrí esa playa tranquila, casi una cala inaccesible, por error. Cogí la carretera que lleva a la gran playa de Mylopotas, pero a medio camino vi un cartel de madera con unas letras a tiza que decían beach precedido de un nombre que entonces yo era incapaz de distinguir de Mylopotas (Kolitzani ;-. Kolitzani Beach), así que me desvié por un camino abrupto y tras media hora de incertezas resbalando por unos peñascos, apareció a lo lejos la salida al mar y una parte de lo que parecía una apacible playa. Ha sido por ahora el mejor descubrimiento de estos días.

Otras cosas están más difíciles. El turismo de jóvenes enloquecidos ha barrido cualquier atisbo de cultura autóctona. Aquí no hay nada que visitar ni ver, salvo la poderosa belleza natural de la isla, imperturbable al paso de modas y vicisitudes humanas.
La tumba de Homero, por quien he preguntado sin mucho éxito desde que llegué, se encuentra (me lo han explicado esta noche los camareros de la cena) en un lugar al que no llega el más mínimo transporte público, completamente dedicado a trasegar bañistas entre las grandes y concurridas playas de la isla. "Tendrás que alquilar una moto", me decían, entre avergonzados y divertidos.


Dadas las circunstancias, tendré que buscar un ritmo propio, al margen del que impone la actividad principal de la isla. Construir una pequeña rutina, una provisional cotidianidad, que de sentido a los días, y ayude a descubrir lo que hay debajo de esa capa superficial de apariencia insalvable y cegadora a los misterios de este lugar y sus gentes.

Ayer, caminando por un sendero, sin rumbo, me sorprendió una puesta de sol magnífica. Me quedé allí, sentada en la cuneta de un camino que bordeaba un acantilado, entregada aquella imagen sobrecogedora de el sol engullido por el mar.
Al volver sobre mis pasos, vi, a unos cuantos metros sobre mi cabeza, la terraza de un bar, desde el que pensé se debe tener una perspectiva privilegiada de las puestas de sol. Hoy la he visto desde allí, y quizás mañana vuelva a la misma hora. La camarera, después de charlar un rato, me ha escrito en un papel algunas playas que sólo conocen los de aquí y algunos bares “tradicionales griegos” en el pueblo, estos últimos reservas protegidas dónde no pueden entrar los turistas, pero me miraba y me decía que quizás yo sí. No he sabido si tomármelo como un cumplido o como una condescendiente conclusión de que mi aspecto y actitud, tan fuera de contexto, no representa ninguna amenaza para los lugareños.

Entre los libros de una planificada lista, que me he traído, uno, tan improvisado como el viaje. Se coló a última hora en la maleta: “Ébano” de Ryszard Kapuscinski, uno de los mejores compañeros de viaje con los que una se puede perder y que completa el paisaje emocional de mis primeros días aquí.

Kalinijta.

6 comentarios:

Jaime Cuesta dijo...

Es una sensación rara, yo también la he sentido a veces. Por un lado te ves diferente a los demás, por otro lado, eres uno más de tantos turistas haciendo tuyas las calles de una ciudad que hace sólo unas horas que conoces, hablando de los rincones descubiertos como si fueran de tu propiedad.

Yo nunca se donde está el límite: visitante, turista, viajero o invasor. Quizás la diferencia la marquen los ojos del autóctono.

Yoriento dijo...

Gracias por la crónica, amiga. Dan ganas de coger el primer vuelo y hacerte compañia. Cuando apetezca ;)

Vicent González i Castells dijo...

La lectura de este post coincide con un deseo que se me repite últimamente de realizar un viaje en solitario. La percepción de todo varía tanto y de forma tan agradable.
Compañera, me das envidia, y con esa envidia sana te deseo el mejor de los viajes.

Santi

Odilas dijo...

Así es Jaime, lo explicas muy bien. El problema es que los autóctonos también se debaten en un complejo conflicto entre sucumbir ante una buena fuente de ingresos, o reivindicar quien son, protegerse y respetarse. En España también nos pasa. En realidad pasa en todo el mundo, cada vez más homogéneo....Largo debate sería este.
Gracias por pasarte por aquí.

Hola Yoriento!. Jaja, verte por estos callejones, sería realmente inaudito. Gracias por la compañía (ya me la haces ;-). Un abrazo

Gracias SAnti. Sí viajar solo es una experiencia muy interesante. Con sus problemas, claro, pero te permite conocer tus límites e integrarte de una forma diferente, quizás más intensa, con el entorno. Mi primer "viaje" sola fue a Vic, con 14 años y nunca me he desenganchado de la adicción a la sensación de libertad y vértigo.
Una abraçada!.

Anónimo dijo...

Me alegra saber que llegaste "bien", ya imaginaba que tratandose de tí no podia ser el viaje "normal" de coger un avión y aterrizar en el destino. Por ahora empieza como todos...con bastante desorientación por lo que auguro que acabará como todos. INOLVIDABLE. Descansa y disfruta.

Sole

Odilas dijo...

Hola Sole!
Pues sí, empiezo atolondrada pero poco a poco le voy tomando el pulso a esto. Ya lo compartiremos con una buena comida (lo prometo ;-( a la vuelta.
Un abrazo amiga.