lunes, 30 de abril de 2012

Montegrande de Elqui


Quería volver al valle del Elqui. La última vez que estuve en Chile apenas estuve aquí un día en excursión-tour desde La Serena.
Esta vez, aprovecho el puente de mayo, para escaparme 4 días a un lugar supuestamente mágico, polo de energías místicas y paraíso de los ascetas por esta parte del mundo.

Desde que te adentras en el valle por los primeros pueblos, te asalta una exuberante propuesta de chamanismo, terapias para el cuerpo y el alma, esoterismo, fetichismo y toda una estridente puesta en escena que contrasta con la hermosa aridez de las montañas, los angostos valles salpicados de viñas y la gente sencilla que transita por las carreteras acarreando su miseria y su dignidad.

Es quizás esa artificialidad obscena la que me hace escéptica ante tanto culto a la espiritualidad. Ocurre también con la vulgar ostentación de riqueza, la irritante proclamación de inteligencia, la sobreexposición de la belleza o la permanente declaración de una sospechosa felicidad. Pienso que lo más real es lo que no se muestra claramente a nuestros ojos. Así que aquí, tanto sortilegio y tanta exibición nubla lo que sin duda tiene de especial este lugar.

He aterrizado en la Serena a las 11h. Desde allí hay unos 120 km hasta Cochiguaz, en el corazón del valle. Hay opción rápida y cara pero mi tiempo de vacaciones no vale tanto. Vamos con calma. A las 12:30 salía un autobús que recorre el Valle “bájese en Montegrande” (no dejé de decir Montealegre, durante todo día). “Allí, alguien del pueblo le llevará a su destino final, no hay transporte, pero pregunte en la plaza”. Esto promete.

El autobús de la Serena salió con 20 minutos de retraso, pero no importa, “Estás de vacaciones, relájate”. Este lugar es espectacular. Iba en trance con la frente contra la ventana de mi asiento. Al bordear montañas, me cambiaba de lado en el autobús para contemplar atónita el paisaje. Realmente no hace falta nada más que entregarse a la belleza natural de estos desfiladeros para entrar en otra dimensión.

En un punto del camino veo un sospechoso cartel que indica un desvío a Cochiguaz.
Cuando llegamos al pueblo de PiscoElqui me adelanto por el pasillo del autocar, miro con irreverencia el cartel de “no le hablen al conductor” (textual), y le pregunto cuanto falta para Montealegre. “Montegrande!, lo hemos dejado atrás hace un rato señora. Bájese aquí y espere a otro autobús en sentido contrario”.

Pregunto por allí, me dicen que el autobús pasa en media hora. Son las 15h, así que decido comer algo allí mismo. Aviso a navegantes, si paráis por PiscoElqui alguna vez, Restaurante Mistral, un regalo para los sentidos. Me apuro y a las 15:25 estoy de nuevo la parada. Pregunto a una familia que espera, me dicen que se acaba de ir el bus. Les replico enfadada que aún no es la hora!. Me miran como nos distanciara un abismo. Me dicen que el próximo sale a las 16h, en media hora más.
Compañero del Mistral hay un café y decido esperar allí la siguiente media hora. La gente del café me preguntan a dónde voy. Se arma una discusión, una de las camareras intenta contactar con un amigo suyo para que me lleve desde allí mismo a la puerta de mi hotel (en ese momento estaba dispuesta a volver al modo [pija europea viaja en taxi]). LA otra dice que me baje en Montegrande y que allí en la plaza pregunte por Eric, él va y viene todo el día hacia Cochiguaz.
Mientras hablamos, veo que la familia que esperaba conmigo el bus de las 16h se sube a uno y desaparece (miro el reloj, son las 15:45).

Me bebo de un trago el café y me planto en la parada, no voy a perder ni uno más. Pasa uno grandote, lo paro, “vas a montegrande”? “yo no, el siguiente, a las 16:10” (no me jodas con la precisión!), pero en apenas 5 minutos pasa una furgoneta y se para delante de mío. Subo, me acomodo. Le pregunto cuando salimos, me dice en 5 minutos pero automáticamente pone primera y arranca. OK, lección aprendida.

Llegamos a Montegrande y antes de saltar a la plaza le pregunto al chofer cómo ir a Cochiguaz, me señala un trasto con ruedas parado en mitad de la plaza, bajo una imponente estatua de Gabriela Mistral.  Una ranchera que fue blanca alguna vez y que parece un milagro que arranque. “y el conductor?” señala hacia otro lado de la plaza a un hombre que se acerca ya caminando. Pactamos precio y me subo en aquella polvoreda. Todo el camino es ya un desfiladero de tierra que se adentra por uno de los cañones más agrestes del valle. Paramos a unos autostopistas. Hago el gesto de sacar mi mochila del asiento trasero pero el conductor me detiene y me dice que no hace falta, que suben atrás.
Le pregunto cómo se llama.  Me mira, achina los ojos, sonríe (como si lo supiera todo), “Eric” responde con ternura.
Yo también sonrío mientras me relajo en el asiento y empiezo a sentir el efecto del Valle.

1 comentario:

Gabriel Bunster dijo...

Hola; que lección de las prácticas horarios de nuestros pueblos más aledaños. Tiene algo que me gusta también. Tus textos me son de fácil lectura y describes de una manera que casi es como si fuera contigo.
Lo disfruté.